ÚLTIMA HORA
20 octubre 2009

Por José Caro
No habrá necesidad de apuntar el “revuelo” que ocasionó en el medio la noticia. La rumorología le dio el tratamiento de sorpresa, lo cual implica que a no pocos aficionados les haya ocasionado la reacción de perplejidad.
Incredulidad justificada si se toma en cuenta la serena bonanza en la cual sorbe los días en su copa de comodidad.
Aún así, hay quienes lo celebran; fundamentalmente aquellos que pertenecen al círculo bohemio y que se congratulan con los arrebatos del sentimiento y el arte.
En contraparte, el escepticismo de otros les lleva a vaticinar una estadía en los ruedos que no rebasará los umbrales de prestigio que en su juventud le hicieron digno de merecer las más altas credenciales de honorabilidad torera.
La moneda está en el aire. Y por fortuna el revuelo de palabras revolotea como golondrina que huele a primavera.
No hay por tanto que desestimar el beneficio anímico que experimental el medio mexicano. Así las cosas, quienes admiramos el milagro del arte no podemos más que reconocer, tomando en cuenta que para Miguel el decoro es un elemento autoconstructivo, su regreso signifique una alternativa que aporta interés y expectación.
De tal suerte que, mirado el acontecimiento bajo ese perfil simbólico, pues “bienvenido” sea.
En lo particular habré de festejarlo toda vez que tendré la oportunidad de refrescar mi memorial volviendo a gozar con la alegría que, cantada a la ribera del alma del de Chichimeco, canto expresado desde la entraña misma, toma al silencio por sorpresa para inundarlo con los cascabeles del trazo solemne y majestuoso del arte. Por eso apuesto al beneficio de su reaparición.
Reconozco que hay toreros que, como Paco Camino, Bienvenida, Antonio, Ordoñez, Pepe Luis Vázquez, Manzanares (tan sólo por mencionar algunos de la corte celestial del arte puro), a semejanza con Miguel no les fue concedida otra opción que no fuese la de vaciar su alma en el molde de la tauromaquia más clásica jamás concebida.
Molde auténtico, original, molde, muy a la mexicana, en el que se amalgaman palpitantes la alegría de los jardines con el sufrimiento que se convierte en celebración.
Quede claro que, en tanto los dioses que protegen la inspiración y el duende de los toreros no se desentiendan de Miguel, y el diestro refuerce su comportamiento en el ruedo con religiosa actitud, podremos asomarnos por la ventana del arte para que, en estos momentos de transición, acéfala de liderazgo en el entorno mexicano, no se pierda la identidad tan nuestra.
Que la noticia del regreso causó críticas y elogio es comprensible, como será entendible a su vez el hecho de que lo mismo ocurrirá en tanto Miguel vaya descifrando los jeroglíficos de la creatividad torera.
En cuanto se le den bien las cosas los adjetivos se multiplicará adornando su propio monumento; en sentido inverso, y si las cosas le pinten con los de colores con los que se dibujan la angustia y la preocupación aquello será el caos de un aguacero de granizo.
Lo que no acabo de entender es porqué hay toreros que en determinado momento parten soñando su regreso. Lo que no acabo de entender es porqué hay toreros que, en determinado momento, se retiran de los viejos sitios en los que amaron la vida con la mayor intensidad.
Será porque el amor al toreo es una cosa simple, tan simple que, parafraseando a Soledad Guerrero, uno termina por reconocer que: “A las cosas simples las devora el tiempo. ¡Y pronto se olvidan!”
Como pronto olvidan los toreros que no saben estar en otro sitio de la vida a no ser en el ruedo.
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