Palestra Aguascalientes

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Juan Carlos Vázquez

18 octubre 2009

Benito Juarez

Por Juan Carlos Vázquez

Comienzo mi colaboración agradeciendo a Mario César la invitación a sumarme a Palestra Aguascalientes, deseando todo el éxito a este proyecto realizado para usted, amable lector.

La selección Mexicana de futbol ha logrado su clasificación al Mundial Sudáfrica 2010. Al grito de “¡Nos vamos al Mundial!” celebramos con justa alegría (buena falta hace) el participar en una fiesta que involucra países de los cinco continentes, pero que, irónicamente, cala mucho más hondo en aquellas que enfrentan crisis y rezagos sociales graves, como lo evidencian los casos (entre muchos otros) de Argentina, El Salvador, Honduras, Irak, Serbia y Montenegro, la propia Sudáfrica y por supuesto México.

¿Catarsis ante los problemas…o por el contrario un detonante de tensiones y enconos? La pasión por el balompié involucra ambas cosas y es responsabilidad de cada quién el papel que asume, pero algo digno de señalar es el rol tan determinante de los medios masivos de comunicación.

Para nadie es un secreto que el soccer es un negocio en casi todo el orbe, lo que marca diferencias entre una y otra nación es lo que podríamos llamar “control de calidad”. Si el futbol se oferta globalmente como un producto, es una pena darse cuenta que los mexicanos somos de los que pagamos más por menos… y sin garantía alguna.

A través de los años, la estructura misma del balompié azteca se ha ido alterando en aras del rating televisivo. Por citar un caso, en 1996 se modificó el sistema de competencia dejando atrás el esquema de un torneo anual por el de dos semestrales conocidos como “torneos cortos”, denominación muy acertada dado que se quedan cortos en casi todo: rendimiento de equipos, continuidad de proyectos, entendimiento de jugadores en la cancha e interés de los clubes por ganar partido tras partido (a fin de cuentas hay dos oportunidades al año).

Encima de todo, el formato de grupos permite que un plantel que termine en la décima u onceava posición de la tabla general al final del torneíto pueda pelear el campeonato vía liguilla. Entonces no importan tanto las derrotas, a uno como aficionado se le mantiene el interés hasta el final, se mantiene la esperanza…y la esperanza vende, aunque venga envuelta en mediocridad.

El tener dos liguillas, dos finales, dos campeonatos al año representa el doble de ganancias y eso como negocio claro que funciona muy bien…el que la calidad quede en tercer plano no importa, al fin que los seguidores compramos el producto de todas formas. En general (haciendo una analogía con la alimentación), en vez de consumir una comida en forma, nos satisfacemos con bolsitas de comida chatarra.

Todo esto, lógicamente termina permeando en el representativo nacional (cada vez menos representativo dada la cantidad de jugadores de origen extranjero que visten la playera verde), y es que no se puede esperar otra cosa: al tener una liga mediocre, se tiene una selección mediocre. Si bien es cierto que tener una liga fuerte y competitiva no es una garantía de éxito a nivel selección, sí es, sin duda, un requisito.
Pero esos son conceptos que la mayoría dejamos de lado…qué importa que el Tri deje mucho que desear si de todos modos lo compramos, que los equipos sean manejados más como cúpulas empresariales que como organizaciones deportivas…no importa que ver un partido en TV sea una sucesión de corajes por tanto anuncio que no deja ver nada del juego, como tampoco es trascendente que México sea la única selección del mundo que juega más partidos en otro país que en su propio territorio en un afán mercantil tan evidente que pareciera que el verde del jersey nacional obedece más a la obsesión por los dólares que a una auténtica representatividad.

Aunque eso sí, televisoras nacionales y federativos subrayan casi como una obligación de todo mexicano (periodistas incluidos, claro) el apoyar al representativo futbolístico sin cuestionamiento alguno so pena de ser catalogado como traidor a la patria.

Nada de eso cuenta. Ninguno de los defectos de fabricación, empaque, entrega y funcionamiento del producto importan porque al final, al más puro estilo de una telenovela, un reality show o un programa de concursos terminamos comprándolo, consumiéndolo y, muy a nuestro estilo…disfrutándolo.

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