Palestra Aguascalientes

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“El Chapo”

13 julio 2015

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La periodista argentina, Olga Wornat, comparte con los lectores de Palestra Aguascalientes algo del octavo capítulo de un libro inédito sobre el sexenio de Felipe Calderón Hinojosa, el cual no fue publicado por la “censura”.

Se trata de un capítulo dedicado a Joaquín Guzmán Loera mejor conocido como “El Chapo”. Versa sobre una entrevista que hizo a Otto Pérez Molina, presidente de Guatemala, a quien se le adjudica la captura del oriundo de Sinaloa en ese país.

La entrevista inicia recordando una charla que sostuvo con un hijo del ahora prófugo de la justicia mexicana.

Por Olga Wornat

El capo del sexenio “Admiro a mi apá, es bien chingón, es un bato a toda madre. Era muy pobre, vendía naranjas y apenas fue a la escuela. Tuvo una infancia muy culera, su Jefe lo golpeaba… Hay muchos mitos sobre él y escriben muchas mentiras. No lo conocen. Es muy generoso y ayuda a mucha gente, y no soporta la traición. Ojalá pudiera verlo más seguido, lo extraño, pero ni modo. Es muy cariñoso y siempre nos dio consejos. Nos motivó a estudiar y a ser lo que él no pudo ser. ¿Por qué tanto interés por mi apá? Nunca me voy a arrepentir de ser su hijo… (Conversación con el hijo del Chapo en un bar de una ciudad de México, una noche de agosto del 2011)

-¿Cómo atrapó al Chapo? –le pregunté la mañana del sábado 1 de octubre de 2011 en el comedor de su casona, muy blanca, muy elegante y muy custodiada, ubicada en el distrito residencial de la ciudad de Guatemala, al General Otto Fernando Pérez Molina.

El general, en realidad ex general, al que sus acólitos llaman “Don” o “Mi General” me clavó la mirada y guardó silencio. Pidió café y agua.

Aunque es difícil saber qué piensa y qué siente, advertí que mi pregunta lo puso incómodo. Me dijo que nunca había hablado de este tema con ningún periodista. Había llegado a Guatemala para ver hasta que punto los carteles mexicanos se habían apoderado del territorio, hasta donde la guerra de Felipe Calderón había manchado de sangre la tierra maya, y para conocer de primera mano qué había ocurrido esa noche de junio de 1993 cuando Joaquín Guzmán Lorea fue capturado.

 

Repetí la pregunta incluyendo más detalles.

-General, cuénteme cómo fueron las investigaciones, cómo sucedió. En México hay versiones contradictorias, algunos dijeron que fue atrapado en un rancho de Chiapas propiedad de un militar y que su arresto en Guatemala fue una simulación. El General Jorge Carrillo Olea se adjudica la captura del Chapo mientras era un alto funcionario del gobierno de Carlos Salinas de Gortari. El ex Procurador Jorge Carpizo asegura que al Chapo lo capturó su gente, que interceptaron sus teléfonos y sus tarjetas de débito y de crédito y que así lo atraparon. Informes de inteligencia de Estados Unidos dicen que usted se quedó con dinero, joyas y una flotilla de carros del Chapo…

El General rompió el silencio con una carcajada. Miró a sus hombres con un gesto de complicidad y respondió.

-¡Imagínense! Miren si me hubiera quedado con esos millones, esas joyas y esos carros! Eso… es mentira. ¿Tarjetas de débito y crédito? (Otra carcajada) Mire… Ésta fue una investigación de la inteligencia de Guatemala. Fue un trabajo de mis hombres, de largos meses. Fue por casualidad, yo no supe quién era el Chapo hasta último momento…

El hombre fuerte de Guatemala, amable, alto, de cabello blanco y piel bronceada, es el mismo que desde los tiempos de la sangrienta guerra civil que azoto el pequeño territorio, la turbulenta frontera sur de México y vieja ruta del tráfico de drogas hacia México y Estados Unidos, carga una biografía pesada. La muerte, ese lugar común, no lo abandona. A simple vista, resulta increíble que fuera el mismo al que organismos de Derechos Humanos acusan de infinidad de violaciones, abusos y crueldades.

Fundador de los temibles Kaibiles, las máquinas de matar guatemaltecas que dan entrenamiento a los Zetas y a los que defiende y admira, Otto Pérez Molina era conocido como el “Comandante Tito”, un militar implacable que luego de la acción directa se dedicó a tareas de inteligencia que aprendió en la famosa Escuela de las Américas y dirigió las operaciones de contrainsurgencia en las zonas mayas del altiplano donde se registraron las matanzas más atroces. Miembro del “Sindicato”, un grupo de militares de la Promoción 73 del Ejército de Guatemala unidos por amistad, los negocios, el origen oscuro y la fidelidad, es un hombre de personalidad inasible. Un informe confidencial de la Agencia de Inteligencia de Defensa de Estados Unidos define a hombres como él: “Militares progresistas que crecieron con las manos manchadas de sangre…” En la década del 80 comandó la base de El Quiché donde el ejército perpetró unas de las peores masacres de niños, mujeres y ancianos mediante el uso de la técnica de “tierra arrasada”, tan afín a los métodos de la CIA. Otros testimonios lo vinculan con el asesinato del arzobispo Juan José Gerardi, gran luchador de los Derechos Humanos, asesinado a golpes en la puerta de su casa el 26 de abril de 1998, días después de la presentación de su Informe de la Recuperación de la Memoria Histórica, en el que demostraba que el 90 por ciento de los crímenes de lesa humanidad en contra del pueblo de Guatemala fue cometido por militares y no por guerrilleros.

El General niega todo y me jura y perjura que se encontraba en Estados Unidos cuando ocurrió el trágico episodio. Fue diputado de 2004 a 2007, cuando se lanzó a competir por primera vez por la presidencia del país. Está casado con Rosa María Leal y es padre de dos hijos: Otto y Lisseth.

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En el 2001 sacó a toda su familia de Guatemala a raíz de dos extraños atentados. En febrero de ese año dos comandos de encapuchados armados con cuernos de chivo se lanzaron disparando a matar sobre su esposa y su hija, la que resultó herida de tres balazos, mientras su consorte salió ilesa de milagro.

Cuatro meses antes, en idénticas circunstancias con idénticos atacantes, su hijo y su nuera habían resultado heridos. El gobierno de entonces dijo que los atentados tenían que ver con el Chapo Guzmán y las supuestas relaciones del general con el narcotráfico. Otto Pérez Molina responsabilizó al gobierno de Guatemala y se fue a vivir a Estados Unidos. Las investigaciones nunca dieron con los responsables, pero la sospecha sobrevuela su nombre. Es difícil entender a Otto Pérez Molina y difícil entender lo que sucede en Guatemala, un territorio exuberante y bellísimo de 108.430 km2 que limita con México al norte, al oeste con Belice y al sur con Honduras y El Salvador. Una democracia enclenque y quebrada en la que funciona a la perfección la correlación entre política, mafia y crimen.

Cuando acabo la guerra civil en 1996, informes confidenciales de la DEA dicen que muchos militares que participaron del genocidio, ingresaron en el narcotráfico y el contrabando de armas y autos.

Cuando me recibió en su mansión, Otto Pérez Molina se encontraba en plena campaña por la segunda vuelta electoral al frente del Partido Patriota, un rejunte de militares y políticos de ultraderecha que proclamaban mano dura y pena de muerte.

A la pobreza se agrega la brutal inseguridad y las mafias del narcotráfico. Los Zetas y el cartel de Sinaloa son los amos del negocio en Guatemala y en sus alrededores, y sus integrantes corrompieron a las fuerzas policiales y militares hasta el extremo de que analistas de inteligencia afirman que Guatemala va camino a convertirse en un “narco-estado”, esa definición tan temida.

El General, incómodo, me relata su versión de los hechos. Dice que cuando recibió el primer aviso de que “unos mexicanos andaban ofreciendo plata en la frontera con El Salvador a cambio de mirar hacia otra parte para ingresar sus cargas”, él era Jefe de la División de Inteligencia Militar del Estado Mayor de la Defensa. Antes había ocupado la jefatura de la temida D-2. Tenía dos unidades móviles: una para la frontera y otra para el narcotráfico. “Eran unidades de elite”, recalca.

 

“Un día llega un oficial que me dice que un teniente que estaba en la unidad de frontera quería hablar conmigo personalmente. Le dije que sí, que lo esperaba”. Me cuenta que aquel teniente –que no quiere revelar su nombre por razones obvias- fue a verlo y le dijo que en la frontera había mexicanos que compraban policías y que le habían ofrecido mucha plata a cambio de no hacer nada, de mirar hacia otro lado mientras ellos pasaban sus cosas.

 

“Mi General, no quiero entrar a esa organización”, le dijo el teniente. Otto Pérez Molina hace silencio y continúa. “Yo creo en los informantes y en los infiltrados. Gracias a ellos podemos descubrir cómo operan los criminales y podemos atraparlos. Por eso le dije a mi teniente que les dijera que sé a los mexicanos, que se infiltrara entre ellos y que me informara de todo lo que hacían. Realmente esa gente tenía mucha plata, el teniente me traía entre 30 y 50 mil dólares por semana y mas también. Un día le regalaron una Cherokee. Esto sucedió cinco meses antes de la captura del Chapo, y vuelvo a decirle que no sabía quién era hasta que lo agarramos. Comenzamos a partir de aquí un largo trabajo de inteligencia. Largos meses. No le avisamos a nadie porque no quería que fracasara la operación. No hubo tarjetas de débito o de crédito. Todo se dio a través de mi teniente y de sus informaciones. Los mexicanos le daban mucho dinero, a veces 10 mil, otras 20 mil dólares, sólo por no decir nada de lo que ellos pasaban por la frontera. Pasaban mucha carga, recuerdo que en esos meses fue unas quince veces. Los mexicanos le dijeron a mi teniente que le tenían temor al Ejército y que no querían problemas con nosotros. Un día, el teniente me avisa que tal fecha iba a entrar una carga muy importante. Allí armé el operativo. Para evitar exponer a mi gente, trasladé al teniente a otra zona y envié al lugar al grupo de elite dedicado al narcotráfico, a los especialistas. A las 11, 30 de la noche del 8 o 9 de junio de 1993, no recuerdo en este momento el día exacto, lo esperamos. Apenas cruzó la frontera desde El Salvador, le salimos a la carretera. Eran varias camionetas. No se resistió, ni sacó las armas. Se lo veía confiado. Dijo: “Soy el Chapo Guzmán” y nada más. De ahí lo trasladamos a una unidad militar y avisamos al gobierno de México. Le pregunte al General si el Chapo traía droga. -Traía 1 tonelada de cocaína –respondió. Me contó que Guzmán Loera no venía solo, que había una mujer con él y otras personas, aunque no recuerda cuántas. Y que todas fueron “despachadas” a México.

-¿El teniente vive?

-Vive y está en actividad, pero no me pida sus datos por seguridad.

-En su primera declaración frente a los militares mexicanos, el Chapo contó que fue torturado por militares de Guatemala y que un militar suyo le robó un millón y medio de dólares…

Lanza otra carcajada.

-Lo que dijo no tiene asidero. Es la palabra de un narcotraficante, no se le puede dar validez…

-El General mexicano Jorge Carrillo Olea dice que fue capturado cerca del hotel Panamericano…

-¿Cómo? ¿Cuál hotel? –mira a sus hombres con gesto de interrogación-.

 

No fue así. Lo atrapamos apenas cruzó la frontera desde el Salvador, lo sorprendimos en territorio guatemalteco y en plena carretera. Inmediatamente nos comunicamos con el gobierno mexicano para avisarles. Teníamos buena relación y solíamos coordinar operativos. Ahí arreglamos la entrega del otro lado, en Chiapas. No quería saber nada de tener aquí a este personaje, demasiados problemas teníamos con otros narcos que teníamos presos. Cuando lo detuvimos recién me enteré de quién era y de su importancia. No tenía idea del Chapo, para mi no era un capo famoso como Carrillo Fuentes o Pablo Escobar. ¡En México ofrecían un millón de dólares por su cabeza!

-¿Le pagaron? -pregunte.

-Nos pagaron. Ese dinero lo utilizamos para reabastecer la logística de nuestros grupos de elite.

-¿Se entrevistó con él Chapo?

-¿Para qué? No tenía necesidad, solo quería despacharlo hacia México, que se lo llevaran rápido… Sonríe y mira a sus hombres, que también sonríen. Por supuesto, no le creí.

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