ÚLTIMA HORA
26 julio 2016

Por Mario César Macías Zúñiga
Desde niño tengo una extraña curiosidad por los panteones. Me entretengo leyendo las lapidas e imaginando historias en torno a las muertes de los cadáveres que ahí yacen. Entre más antiguo sea el campo santo más me atrae.
En la fosa común hay una tibia con tornillos. El jueves, durante el recorrido nocturno, me enteré que mi Gorda Madre, cada que veía ese hueso, después de visitar la tumba de mis abuelos, decía que así se vería su osamenta.
Resulta que unos años antes de que se la cargara el payaso se fracturó el tobillo al caer de la escalera por ir de chile frito platicando con las vecinas, los médicos tuvieron que dejar su hueso como maquinaria de guitarra eléctrica para ayudarle a soldar la lesión.
Cuando los paramédicos (sabiamente) le preguntaron porque se había fracturado, ella contestó: “¡Por pendeja!”







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