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18 octubre 2009

Fe

Por Dania Alejandra Velázquez Cano

Un Espacio de Agradecimiento

“Un espacio como este no debe ser desaprovechado”. Eso pensé cuando recibí la invitación a formar parte de esta publicación virtual.

Medité y medité por varias horas: ¿qué debería escribir una religiosa joven en etapa de juniorado con estudios de comunicación y teología, que acompaña adolescentes? Aclaré algo inmediatamente, tendría que ser un espacio de buenas noticias, eso no significa que sea rosa, o que no cuestioné, y se deje cuestionar.

Finalmente, sentada frente a la pantalla. Decidí que tampoco quería “hablar de Dios…” ya muchos y muchas hablan de Él, de Ella… Así que miré a mí alrededor, cerré los ojos, abrí el corazón y volví a mirar. Apagué la computadora y me dirigí a mi “pastoral”.

Esta noche he decidido comentarles acerca de los proyectos alternativos que me ha tocado ver y compartir de cerca, pues esta columna pretende simplemente dar un chispazo de luz a nuestros propios procesos de vida.

Pasos pequeños y grandes, que dan esperanza, que vislumbran posibilidades. Creatividad amorosa que nutre, no empalaga, nuestros andares con energía, con herramientas para encontrar el tramo más que nos hace bien andar.

Procesos que tardan en gestar algo certero, en muchas ocasiones es tan lento el paso que en el camino se olvida si se subía o se bajaba, o simplemente llega el miedo y se desanda el camino.
Sin embargo es parte del ejercicio de creer, de tener esperanza, de querer, desear vivir y vivir en plenitud, en una frase: de darle sentido a nuestras vidas.

Eso lo he aprendido, y lo aprendo semana tras semana en “la comunidad de los miércoles” Lugar de encuentro de personas en búsqueda, que en el ámbito de la Mesa Compartida (la Eucaristía) comparten la palabra y la vida… espacio que rompe la monotonía de algunos ritos o el trajín de nuestras vidas que gustan por fluir, a veces, a ritmos incontrolables.

Es en este espacio en el que coinciden esos trajines que nos dan vida, coinciden esos corazones afligidos, preocupados, angustiados, pero también los que contagian vida, los que reconocen el paso de Dios en sus vidas, los que simplemente están ahí; miran, abrazan… acompañan.

Un espacio que todos, todas necesitamos, construimos, vivimos, consciente o inconscientemente, ya sea en las eucaristías litúrgicas o en las eucaristías de la vida. Ambos nos nutren con la vida de ese Dios que nos acompaña en nuestra historia y nos motivan a “dar gracias” (Eukharistia).

Pequeño o multitudinario, de dos, una hora o de quince minutos, estos espacios propician encuentros que nos hacen compartir el corazón se convierten en acciones de gracias.

Habríamos de hacer consciente esa actitud que nos nutre la vida, nos da luz y perspectivas para no solo afrontar la vida, si no vivirla. Con esa fuerza que nos otorga la gratuidad, entonces, sin temor a desgastarnos inútilmente, podemos levantar la voz ante las injusticias, levantar la mano para proponer, compartir con el más cercano-cercana a nosotras/os; en fin, tomar la riendas de la vida, nuestra vida.

Un primer paso pues, que he aprendido a dar, es dejarme encontrar con la(s) otra(s) persona(s) en actitud de agradecimiento.

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