Palestra Aguascalientes

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Los Iluminados

11 octubre 2015

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Por Enrique Hernández Morales

“La nueva independencia de México”. “El fin de la egolatría y el despotismo”. “El empoderamiento de las mujeres”. “El empoderamiento de los ciudadanos”. “El empoderamiento de los jóvenes”. “México está despertando”. “El cambio ya está aquí”. “La esperanza de México”. “El fin de la corrupción” “Los políticos honestos”. “Los candidatos ciudadanos”. “Las candidaturas independientes”. “El fin de los partidos políticos”. “El fin del poder”. “Firma en Change Org”.

No cabe duda. Humberto Eco acertó al referir que “las redes sociales le daban el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en un bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad”. Luego agregó, “ellos rápidamente eran silenciados, pero ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel”, y para rematar, “es la invasión de los imbéciles”. Ojo, no me excluyo.

Como podrá darse cuenta, amigo lector, hoy amanecí molesto. Me molesta leer en el Facebook y en el Twitter a tanto idiota amargado, pero peor aún, y a estos últimos va dedicada la columna, a tanto idiota iluminado.

Los que pertenecen al primer grupo, los amargados, los que utilizamos las redes sociales los llamamos “haters”. Son aquellas personas que las utilizan para quejarse de todo. Conozco a dos que tres amigos, e incluso a un familiar cercano, que hacen uso de su Facebook para desahogar su desprecio por la humanidad. En la lógica de Eco, lo que antes se hacía borracho y en una cantina, como por ejemplo envalentonarse y despotricar contra todo mundo, ahora se hace sobrio y detrás de una computadora o por medio de un Smartphone. El problema con muchos de esos “haters” es que en las redes sociales son unos y en persona son otros completamente diferentes (los justifico si lo que intentan en redes es crear un personaje diferente para hacer negocio o por cualquier otro motivo).

El Facebook nos traiciona, me dijo un día un amigo. Y es cierto. En ocasiones, sin pensar lo idiotas que nos vemos, publicamos cada estupidez que Dios guarde la hora. Por ejemplo, existe una aplicación en esta red social que te notifica todos los días tus recuerdos, es decir, te notifica lo que publicaste esa fecha pero hace uno, dos, tres o cuatro años. Tengo que reconocer que muchas veces me sonrojo por las estupideces que llegué a publicar en mi muro. Aunque quizás dentro de cuatro años, cuando lea mi muro actual, me vuelva a sonrojar, pues a mi parecer ya no publico idioteces, pero como todo es relativo, vaya usted a saber si dentro de cuatro años yo ya cambié de personalidad y entonces me de vergüenza lo que publiqué en internet, e incluso me de vergüenza esta columna que ahora mismo escribo.

Pero me estoy desviando del tema. Hablábamos de los haters. Es cierto que llegan a hartarme, pero es cierto que a los que en persona son así, es decir que en un “cara a cara” sostienen lo que escriben en las redes, los respeto, ¿por qué? Porque son genuinos, no son falsos. Por el contrario, los que se la pasan quejándose en internet de todo, criticando todo, señalando a todos, pero que en persona son unos agachones, me dan tristeza (a menos como ya dije que estén intentando crear un personaje). Hasta ahí lo de los haters.

Pero el motivo de mi columna no son ellos. El motivo de mi columna es otra sub especia del internet a la que ni respeto ni me da tristeza, la desprecio. Yo les llamo “los iluminados”.

Definiría al iluminado como aquel sujeto que cree que por medio de frases bonitas y esperanzadoras y fotos cursis y tiernas va a cambiar al mundo. Y hay de tres tipos. Los hipócritas, los idiotas y los que se la creen. Los hipócritas, quizás los más comunes, son por lo regular políticos o aspirantes a un cargo de elección popular que en la red social dan la facha de ser damas de la caridad cuando en realidad son unos racistas, prepotentes y clasistas. Los idiotas son los que, como ya tienen una tribuna, creen que sus reflexiones y frases van a cambiar al mundo, pero que la verdad no tienen ni idea de lo que hablan, que lo que publican no tiene lógica, que no han leído un libro en su vida, o quizás el único que han leído es “El País de Uno” de Denise Dresser, y que con eso creen que ya lo saben todo. Finalmente están los que se la creen. Ni qué hacer con ellos. Están seguros, segurísimos, de que su activismo cibernético va a cambiar al mundo.

Se extraña, por lo tanto, a personajes genuinos. Genuinos pero inteligentes, que por desgracia no vivieron en nuestros tiempos y no sabremos nunca cómo hubieran utilizado las redes. Se extrañan a los cínicos. Por eso admiro yo tanto a personajes tan grandiosos como contradictorios como Winston Churchill, Margaret Thatcher, José Stalin, Mao, Plutarco Elías Calles, Hernán Cortes, Calígula, Nerón, Fouché, Napoleón, Inocencio III, César Borgia, Alejandro Magno, Catalina de Medicis, John D. Rockefeller, William Randolph Hearst, J. Edgar Hoover, etc. Porque eran cínicos, unos auténticos hijos de p…, inteligentísimos. Sin embargo, lo que los hacía grandes y extraordinarios, lo que realmente los diferenciaba del resto, es que hacían que las cosas pasaran. Para bien o para mal cambiaron el destino del mundo. Sabían con precisión qué querían, para qué lo querían y lo alcanzaban. Ya fuera en los asuntos de Estado o desde la esfera privada crearon imperios, unos buenos y otros malos, pero imperios al fin y al cabo.

Así que para todos aquellos iluminados, aquellos dreamers del internet que creen que publicando frases, opiniones y fotos van a cambiar el mundo, todo mi desprecio y un consejo: pónganse a trabajar. Si quieren cambiar el mundo, háganlo, pero trabajando, no publicando estupideces y aparentando lo que no son.
PD. Quizás el primer destinatario de esta columna sea yo mismo. Lo reflexionaré.

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