ÚLTIMA HORA
20 diciembre 2009

Por Alejandra Zamarripa Romero
Hoy al acudir a un centro comercial y verlo impregnado del ambiente pre-navideño que invade estos comercios en la víspera de diciembre, se me vino a la mente mi primera navidad lejos de México.
Fue en el 2004, pero todavía guardo un agridulce recuerdo.
Me encontraba en el norte de España a mitad de mi curso de estudios, no tenía la suerte que todos mis demás compañeros de clase, que pudieron viajar a sus países de origen en las vacaciones de diciembre para compartir esos días con sus seres queridos.
Entre el estremecedor frío de unos cuantos grados bajo cero y la desolada ciudad estudiantil que quedó, empecé mi búsqueda de familia postiza.
Resultó que una ex compañera de trabajo, también aguascalentense, se había casado con un francés y vivía en Orly con sus dos hijas pequeñas y me invitó a pasar navidad y año nuevo con su familia.
Entusiasmada por la nueva experiencia, emprendí el viaje en tren. Todo pintaba maravilloso, amabilidad, calidez, cariño, etcétera. hasta que después de unos días me mostraron su verdadera cara: la amargura.
Tuve varias discusiones con mi anfitriona, al grado de que el día de Noche Buena en vez de estar sentada ante una mesa preciosa y degustando un menú deliciosos que habíamos planeado durante días, terminé sentada en la tasa del baño llorando sin posibilidad de llamar a los míos para desahogarme y contarles mi gran aflicción.
Me convertí en prisionera porque no me dejaba salir, ni usar el teléfono, mucho menos el Internet, yo no sé nada de francés, y aunque quisiera irme a un hotel o pedir ayuda, el idioma me parecía una barrera infranqueable, aunque ahora que lo pienso, la barrera fue mi corta edad e inexperiencia con la que contaba en su momento.
Una llamada fue todo para que yo pudiera pedir ayuda a mi familia, quien desde México contactó a otra conocida también mexicana que vivía a unas cuatro horas de Orly y aunque parezca de película, acudió sin conocerme, a mi rescate en su propio vehículo, cariño de paisana a paisana, supongo.
Me llevó encantada a su casa en Massy también Francia, y pasé noche vieja y año nuevo con sus encantadoras amistades, fue un cambio de 180 grados.
Disfruté como loca la experiencia, nos reímos, lloramos añorando México, comimos, probé por primera vez el champagne, bailamos, etcétera.
Y volví a mi rutina escolar con ánimos renovados y con una nueva amistad para siempre, sin embargo, la navidad fuera de casa por más maravillosa que parezca o incluso aterradora como la mía, nunca es igual que estar en casa.
Como dice el dicho: “uno nunca sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido”.
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