Palestra Aguascalientes

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Raquel y Arturo

19 agosto 2018

Por Mario César Macías Zúñiga

Terminó con su novia de la adolescencia para irse al seminario, le confesó que
deseaba “ser curita”. Ella se sintió traicionada. Han pasado más de 70 años de
aquel día que subió al ferrocarril en la estación de Acámbaro para viajar a
Aguascalientes.

Arturo fue despedido por sus padres y amigos. A la distancia, en silencio, Raquel
le dijo adiós con su mirada, esa que hasta el día de hoy él carga al lado izquierdo
del pecho.

Han pasado las décadas, ella se casó, tuvo sus hijos, también nietos y después
enviudó. Él se hizo “curita”, luego obispo. Ahora, con más de 90 años de vida,
sigue recordando la tarde aquella en la que planeaban tocarse las manos por
primera vez y un policía impidió que los adolescentes rozaran las yemas de sus
dedos frente a la fuente del templo de Acámbaro.

“¡Los voy a casar!”, gritó el policía al ver a la pareja coqueteándose, los
adolescentes corrieron asustados en direcciones opuestas.

Arturo se pregunta si Raquel, su primera y única novia, todavía estará viva.
Al llegar a Oaxaca, ya como obispo, aprendió a hablar Náhuatl. Usa huaraches en
sus largas caminatas en la Selva de los Chimalapas.

Escucha el canto del cenzontle, recita poemas indígenas, de su cuello cuelga una
cruz de madera de olivo que pende de un cordón, a veces azul, otras de color
blanco.

Algunos lo llaman el obispo de los pobres, el Papa Juan Pablo Segundo se refería
a él como “obispo indio”.

Atrás quedaron aquellos días, cuando a los 32 años de edad soñó con armar una
guerrilla encabezando a los indígenas de Hidalgo que eran tratados como
esclavos por los caciques de la zona.

Fue la voz de un joven el que lo despertó. Supo que no sería a costa de fuego y
muerte la forma en la que ayudaría a esos pueblos.

Estaba organizando la compra de armas para tomar por asaltos algunos lugares,
cuando un chamaco le preguntó entusiasmado: “¿Cuándo padre?”

Se percató que lo estaba dominando la indignación y no la razón. La voz y el
rostro de ese joven indígena le gritaron que no debían ser carne de cañón, sino
cerebros en corazón, es por eso que decidió sembrar la semilla social en esas
comunidades y esperar con paciencia la hora de levantar la cosecha.

Ahora ríe al recordar que estando en misa pensaba en lanzar plomazos contra los
caciques. Su revolución, su guerrilla, fue y es desde otra trinchera, fuera de los
altares y templos, en las prisiones y en los campos.

A pesar de renunciar a su idea de las armas, no se salvó de estar bajo una lluvia
de balazos. Conservó la vida al lanzar la camioneta en contra de sus agresores,
los iba a matar, era ellos o él.

Al poco tiempo conoció a aquellos indígenas a los que les ofrecieron dinero por
asesinarlo a balazos. El hambre llevó a esos hombres a aceptar el encargo de
matarlo por órdenes de un cacique de Oaxaca.

Los perdonó y defendió. Ofrecieron ajusticiarlos y desaparecer sus cuerpos, para
que sirviera de escarmiento a los demás. Exigió que sus vidas fueran respetadas,
usaron las armas movidos por el hambre, además mostraron arrepentimiento.

Le gustan las tunas cardonas, de esas rojas. Las tunas “grandes”, esas blancas,
amarillas o verdes, no son de su agrado porque son de las que “tapan”.

Su padre fue ferrocarrilero y cuando el señor “rayaba” sabía que ese día su familia
cenaba enchiladas.

Tiene recuerdos imborrables de esa estación de Acámbaro, pues mientras su
madre lloraba porque su hijo se iba al seminario, su papá, hombre de mano firme,
lo sentencio: “¡Te portas bien cabrón!”

Arturo nació en el Barrio de Triana, a principios de noviembre, por poco y le tocaba
el día de los Santos Difuntos. Le decían “Flaco”, jugaba basquetbol y el ser
ambidiestro le permitía lanzar el balón a la canasta con un “gancho”. También jugó
fútbol y era el portero oficial del seminario, sus compañeros le echaban porras
desde atrás de la portería.

Recuerda que no fue aceptado “por feo” en los Legionarios de Cristo. Fue
rechazado por ser un adolescente prieto y chaparro. Ahora agradece que gracias
a su fealdad se salvó de ser parte de las historias negras que surgieron en esa
congregación salpicada por la pederastia.

Sabe que no es cómodo para algunos de sus compañeros del clero, lo quisieron
sacar de Oaxaca al ofrecerle ser arzobispo de Yucatán, les anticipó que no
aceptaría ese nombramiento, su lugar es en la Selva de los Chimalapas, con los
indígenas, con los que recitan poesías en náhuatl, ahí quiere pasar los últimos
años de su vida, en esa tierra del jaguar quiere ser sepultado.

Arturo se pregunta si en Acámbaro seguirá con vida Raquel, su primera y única
novia.

Después de siete décadas de aquella despedida en silencio, cree que hay mucho
que platicar entre ellos. Además, le han dicho que ella “se arregla muy bonito”.

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