Palestra Aguascalientes

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Violación y Venganza

2 septiembre 2018

Por Mario César Macías Zúñiga

Fue violada y a nadie le dijo. Sentía algo de culpa por haber confiado en su
agresor, se suponía que era su amigo. No se atrevió a denunciar, pues se
enteraría su esposo, sus dos hijos, su familia, además de esa gente que estaba
esperando que ella fallara en algo. No quiso causar más daño y decidió callarse.

Apostó a que el tiempo curaría la herida, pero no fue así.

Pasaron las semanas, los meses, y la mezcla de sentimientos, esa culpa profunda
y ese enorme coraje, definieron a un ganador, fue por eso que decidió tomar
venganza. Si habría de sentirse culpable, sería por hacer justicia por su propia
mano, pues aquello del karma se tardaba en llegar a su violador.

Este insomnio ya no era por estar recordando aquella mañana en que despertó
desnuda en una cama que no conocía, ahora pasaba las noches saboreando su
venganza. Cada vez pensaba en diferentes castigos, hasta que halló uno que le
agradó y comenzó a diseñar la estrategia.

Los días previos a consumar su venganza platicó con sus hijos más que los años
anteriores, les recordaba lo mucho que los quería, y mostró mayor mano dura
cuando ellos no se portaban bien, no deseaba que fueran unos malos niños,
mucho menos malos hombres.

Con su esposo aceptó tener intimidad, después de semanas de rechazarlo bajo
diferentes pretextos, estuvo con él, pero no lo disfrutó, se sentía sucia para su
pareja. No importaba cuanto tiempo estuviera bajo el chorro de la regadera, no
dejaba de sentir su cuerpo manchado por el ataque del violador.

Su cabello comenzó a vestirse con algunas canas. Se descubrió algunas arrugas
en el rostro, las ojeras se le marcaron y los malestares estomacales se
multiplicaron. Su salud mermó después de aquella noche en la que la drogaron
para violarla.

No quería verse al espejo, no podía mirarse, no podía sostenerse la mirada. Tiró a
la basura la ropa que vistió la noche en que fue atacada. Inicialmente bajó de peso
porque no comía, no tenía apetito, después aumentó porque la ansiedad la orillaba
a comer y seguir comiendo. Su vida era un desorden.

Comenzó a estabilizar su alimentación cuando definió su venganza, ahora tenía
un motivo, una meta, un objetivo, y comenzó a trabajar en ello. Sonreía
disfrutando por adelantando, tenía ensayadas las frases que habría de decirle a su
violador.

La madrugada de un sábado, frente a las puertas de un hospital, desde una
camioneta lanzaron a un hombre. Lo habían rapado. Le faltaban los dedos de las
manos y de los pies, esas heridas fueron cauterizadas con un fierro caliente. La
arrancaron la lengua con un filoso cuchillo. Sus ojos estaban cerrados por el ácido
que derritieron sus parpados y quemó la piel. En el pecho, a punta de navaja,
marcaron una palabra sangrante: “violador”.

En los brazos, piernas, espalda y abdomen, hicieron varios surcos con una navaja,
se contaban por decenas las heridas. Era un despojo cubierto de sangre el que
recogieron las enfermeras y camilleros.

El violador, sin voz, sin vista, sin dedos, solamente escuchaba lo que médicos y
enfermeras decían cuando lo atendían de las heridas. Supo que no moriría y
comenzó a sufrir un infierno, en esa oscuridad, sin poder gritar, sin poder rascarse
las heridas, era un tormento.

Horas después llegó una mujer a visitarlo. Ella se presentó ante los médicos como
una amiga de ese hombre. Estaba sedado, cubierto de gasas y vendas, fue
despertado por una voz femenina, esa que le dijo al oído: “Despierta, no fue un
sueño, esta pesadilla apenas comienza…”

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